Carta desde el fin del mundo

Nueva Palmira, sábado 13 de junio, 2009.
Querido amigo:
Hernán López Echagüe. Las cosas, o las cosas que chapotean en mi cráneo, andan retorcidas. Los ríos ya no desaguan en los mares, y los mares dan la impresión de ser un erial llano y extenso hecho sepultura. Ríos de palabras secas caen en océanos llenos de guijarros. Los medios han convertido a la palabra en una baratija. La gripe puerca resultó ser una gripe que ataca a la gente paqueta. Un avión cae a plomo y la prensa suelta gozo a cada cuerpo y cada valija y cartera y cada mochilita de niño que aparece flotando en ese mar carnero. En Perú, el bueno de Alan García pisotea y asesina decenas de campesinos. Lula celebra el ofrecimiento de Obama: dirigir el Banco Mundial, ese banco que tiene como atributo haber sumergido a toda Latinoamérica en la miseria; de haber convertido a nuestro sur en un botín, en una presa de precio preciado. Expertos de Harvard dicen que el Papa no es un lunático, que promover el uso de preservativos sólo sirve para incitar las relaciones sexuales. “Cuando se usa alguna tecnología para reducir un riesgo, como el preservativo, a menudo se pierden los beneficios asumiendo un mayor riesgo que si uno no usara esa tecnología”, ha dicho un tal Edward Green, de Harvard, de Harvard, de Harvard. Mundo retorcido, hermano. Si es de Harvard, es bueno. Un laboratorio, Janssen-Cilag, conciliábulo de enfermedades, ha resuelto que la rebeldía es una dolencia. La llaman TOD, Trastorno Oposicionista Desafiante.
Consiste, dicen los laboratoristas, “en un patrón de conductas negativistas, hostiles y desafiantes presente de forma persistente”. Para mitigar el mal de la rebeldía, aconsejan consumir una droga que se llama metilfenidato, que, desde luego, inventó la empresa Janssen-Cilag. Si yo fuera parte de alguno de los gobiernos que gobiernan ésta y la otra orilla, andaría por las esquinas de las ciudades repartiendo metilfenidato a carretadas.
Hoy, te cuento, me siento como Thomas Bernhard: “Todos los horrores provienen de los aplausos”. Las personas se la pasan aplaudiendo su propia desgracia. Y los desgraciados que reciben los aplausos se reúnen en la habitación de un hotel de lujo y se aplauden entre ellos con las nalgas.
Tenía previsto escribirte sobre esas tonterías. Pero no puedo. Tengo miedo. Me causa miedo el miedo que le tengo a todos los retóricos y engañosos mieditos que el miedo colosal, ese de mil patas, echa a rodar por todas partes. El miedo ha sido siempre el nervio motor de la historia, ha marcado los pasos de las sociedades. Bien lo saben los católicos apostólicos romanos. Miedo al infierno, a la muerte, a la enfermedad, a la pobreza, al castigo, al dolor. Miedo al sexo. Mete miedo el miedo.
No hay, sin embargo, peor miedo que ese sórdido miedito al miedo que provoca la cosa de disentir, de conversar. De escuchar. La prudencia, es decir, la templanza, la cautela, suele obrar a la manera de advertencia ante situaciones que, presuntamente, son dignas de temer. Desde el interior, la prudencia nos susurra al oído: “No, mejor permanecé quieto, no abras la boca, detené la respiración, alejate …”
Nos está devorando una prudencia sombría, fundada en un océano de mieditos fraguados, que conduce a la inercia y a la quietud, al silencio y al encierro, al aislamiento y al desdén. Prudencia triste, y, por sobre todas las cosas, imprudente. La existencia, condenada a mascullar palabras anodinas entre cuatro paredes. Miedito al vozarrón del dueño del miedo. Ese asunto de temerle a la palabra, al desacuerdo.
Y entonces el miedo al miedo, en una trabazón fantasmagórica, alumbra un miedito tras el otro. Del temor al infierno, a la muerte, a la enfermedad, a la vejez, al dolor, a la soledad, a la guerra, empiezan a nacer muchos mieditos que, cuando atacan en tropel, sumergen al hombre en un estado cataléptico. Océano de mieditos en el que navega, a sus anchas, el miedo abismal. El miedo a ser. O sea, entregarse a la loca rutina de limitarse a estar, a permanecer.
Cambian los nombres de los dueños del miedo. Pero la esencia del miedo, y su propósito, el descalabro de la identidad, el sometimiento al hábito de someterse y vivir como en rebaño taciturno, continúan intactos. Vote, regrese a su hogar, y no moleste durante los próximos años. Nosotros nos haremos cargo. De todo, sin usted. Métase en el cuerpo una pócima antigripal y regrese a su casa.
Pena, hermano, que los mieditos jamás se le rebelan al miedo. Quizá lograran despojarlo de un par de patas, y entonces el miedo comenzaría a perder algo de garbo y equilibrio, y, con el correr del tiempo, quizá acabaría desmoronándose.

Advertisement

Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.