Septiembre 18, 2009


Palabras profanas

Tinieblas que

se disipan

Hernán López Echagüe

Los militares latinoa mericanos le brindaron a la palabra desapari ción una magnitud desmesura da en nuestro vocabulario. Acaso ignoraban que, por sencilla derivación o consecuencia semántica, le estaban otorgando idéntico poder y tamaño a la palabra búsqueda. Desaparición remite a sombras, encierro y quietud; búsqueda, en cambio, a movimiento, intemperie, acción, y, como factible y lógica culminación, hallazgo.

En abril de este año, el Equipo Argentino de Antropología Forense identificó los restos de Laura Isabel Feldman. Penny. Un grupo de tareas de la dictadura argentina la había secuestrado en febrero de 1978. Sus dieciocho años de edad causaban recelo, de modo que no podían menos que fusilarla y arrojar su cuerpo en alguna de las decenas de catacumbas que habían diseminado a lo largo del país. Militaba en la Unión de Estudiantes Secundarios, la UES, agrupación estudiantil del peronismo revolucionario.

Los sepultureros furtivos de la gran dictadura latinoamericana presumían tener el don de extinguir cuerpos. Pero la tierra y el mar no se cansarán jamás de devolverlos a la superficie, de rescatarlos del confinamiento.

La búsqueda y la evocación no tienen fecha de caducidad. El hallazgo tampoco.

Los sepultureros furtivos la enterraron, apiñada con otros cuatro cuerpos adolescentes, en el cementerio de Lomas de Zamora. Fosa NN, desprovista de nombre, piel y aliento. Acta de defunción, pluma oficinesca: “Shock traumático agudo, por herida de bala”.

“De la violencia, de la verdadera violencia”, dice el escritor chileno Roberto Bolaño en el primer párrafo de su cuento El Ojo Silva, “no se puede escapar, al menos no nosotros, los nacidos en Latinoamérica en la década del cincuenta, los que rondábamos los veinte años cuando murió Salvador Allende”.

Penny nos aproxima un poco más al momento del relámpago. El instante en que el relámpago resquebrajó nuestro mundo y nos empujó al borde del despeñadero. Rayo de enajenación al que le sucedió un aguacero de violencia inaudita. En el día del relámpago de marzo de 1976, del cielo comenzaron a caer miserias y desventuras de toda naturaleza. Procesión de años vacíos en los que campeó la mudez, y el desdén y la resignación nos sumergieron en una vejez temprana, en el ocaso del deseo.

No puedo figurarme a Penny, su mirada cautivadora, sus hermosos rasgos de mujer aniñada, en apariencia quebradiza, sólo en apariencia, convertida en un manojo de huesos. Todavía hoy, al cabo de tanto tiempo, no puedo entender tanta cizaña, tanta sevicia.

Los ojos de Penny, los que ahora estoy contemplando, son una exhalación de presencia continua que nos ayuda a disipar un poco las tinieblas que la envolvían. Las tinieblas que todavía envuelven sus caras múltiples. La Penny uruguaya y chilena. La Penny peruana y brasileña. La Penny colombiana, paraguaya y ecuatoriana. Las Penny de este sur jodido que todavía debemos devolver a la superficie, rescatar del confinamiento.

El diez de septiembre, en el patio del colegio Carlos Pellegrini, Penny, que en agosto cumplió cincuenta años, se reencontrará con sus amigos, compañeros y familiares. Leo en el texto de la solicitada que habrán de publicar en estos días: “31 años después avanzamos un paso más contra la mentira y el ocultamiento y la salvaje represión que diseminó el terrorismo de Estado en la Argentina, cuyos efectos, lo podemos comprobar, no han concluido. 31 años después podemos despedirnos de Penny, que siempre estuvo en nuestros corazones y lo seguirá estando, velar sus restos, realizar la ceremonia y el duelo que impidieron y quisieron evitar”.

No es un decir. La búsqueda y la evocación no tienen fecha de caducidad. El hallazgo tampoco.


Carta desde el fin del mundo

Junio 16, 2009

Nueva Palmira, sábado 13 de junio, 2009.
Querido amigo:
Hernán López Echagüe. Las cosas, o las cosas que chapotean en mi cráneo, andan retorcidas. Los ríos ya no desaguan en los mares, y los mares dan la impresión de ser un erial llano y extenso hecho sepultura. Ríos de palabras secas caen en océanos llenos de guijarros. Los medios han convertido a la palabra en una baratija. La gripe puerca resultó ser una gripe que ataca a la gente paqueta. Un avión cae a plomo y la prensa suelta gozo a cada cuerpo y cada valija y cartera y cada mochilita de niño que aparece flotando en ese mar carnero. En Perú, el bueno de Alan García pisotea y asesina decenas de campesinos. Lula celebra el ofrecimiento de Obama: dirigir el Banco Mundial, ese banco que tiene como atributo haber sumergido a toda Latinoamérica en la miseria; de haber convertido a nuestro sur en un botín, en una presa de precio preciado. Expertos de Harvard dicen que el Papa no es un lunático, que promover el uso de preservativos sólo sirve para incitar las relaciones sexuales. “Cuando se usa alguna tecnología para reducir un riesgo, como el preservativo, a menudo se pierden los beneficios asumiendo un mayor riesgo que si uno no usara esa tecnología”, ha dicho un tal Edward Green, de Harvard, de Harvard, de Harvard. Mundo retorcido, hermano. Si es de Harvard, es bueno. Un laboratorio, Janssen-Cilag, conciliábulo de enfermedades, ha resuelto que la rebeldía es una dolencia. La llaman TOD, Trastorno Oposicionista Desafiante.
Consiste, dicen los laboratoristas, “en un patrón de conductas negativistas, hostiles y desafiantes presente de forma persistente”. Para mitigar el mal de la rebeldía, aconsejan consumir una droga que se llama metilfenidato, que, desde luego, inventó la empresa Janssen-Cilag. Si yo fuera parte de alguno de los gobiernos que gobiernan ésta y la otra orilla, andaría por las esquinas de las ciudades repartiendo metilfenidato a carretadas.
Hoy, te cuento, me siento como Thomas Bernhard: “Todos los horrores provienen de los aplausos”. Las personas se la pasan aplaudiendo su propia desgracia. Y los desgraciados que reciben los aplausos se reúnen en la habitación de un hotel de lujo y se aplauden entre ellos con las nalgas.
Tenía previsto escribirte sobre esas tonterías. Pero no puedo. Tengo miedo. Me causa miedo el miedo que le tengo a todos los retóricos y engañosos mieditos que el miedo colosal, ese de mil patas, echa a rodar por todas partes. El miedo ha sido siempre el nervio motor de la historia, ha marcado los pasos de las sociedades. Bien lo saben los católicos apostólicos romanos. Miedo al infierno, a la muerte, a la enfermedad, a la pobreza, al castigo, al dolor. Miedo al sexo. Mete miedo el miedo.
No hay, sin embargo, peor miedo que ese sórdido miedito al miedo que provoca la cosa de disentir, de conversar. De escuchar. La prudencia, es decir, la templanza, la cautela, suele obrar a la manera de advertencia ante situaciones que, presuntamente, son dignas de temer. Desde el interior, la prudencia nos susurra al oído: “No, mejor permanecé quieto, no abras la boca, detené la respiración, alejate …”
Nos está devorando una prudencia sombría, fundada en un océano de mieditos fraguados, que conduce a la inercia y a la quietud, al silencio y al encierro, al aislamiento y al desdén. Prudencia triste, y, por sobre todas las cosas, imprudente. La existencia, condenada a mascullar palabras anodinas entre cuatro paredes. Miedito al vozarrón del dueño del miedo. Ese asunto de temerle a la palabra, al desacuerdo.
Y entonces el miedo al miedo, en una trabazón fantasmagórica, alumbra un miedito tras el otro. Del temor al infierno, a la muerte, a la enfermedad, a la vejez, al dolor, a la soledad, a la guerra, empiezan a nacer muchos mieditos que, cuando atacan en tropel, sumergen al hombre en un estado cataléptico. Océano de mieditos en el que navega, a sus anchas, el miedo abismal. El miedo a ser. O sea, entregarse a la loca rutina de limitarse a estar, a permanecer.
Cambian los nombres de los dueños del miedo. Pero la esencia del miedo, y su propósito, el descalabro de la identidad, el sometimiento al hábito de someterse y vivir como en rebaño taciturno, continúan intactos. Vote, regrese a su hogar, y no moleste durante los próximos años. Nosotros nos haremos cargo. De todo, sin usted. Métase en el cuerpo una pócima antigripal y regrese a su casa.
Pena, hermano, que los mieditos jamás se le rebelan al miedo. Quizá lograran despojarlo de un par de patas, y entonces el miedo comenzaría a perder algo de garbo y equilibrio, y, con el correr del tiempo, quizá acabaría desmoronándose.


Hello world!

Junio 15, 2009

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